domingo, 12 de junio de 2011

OCASO

La ciudad estaba tranquila al amanecer. Sin embargo, esta quietud no había sido causada por la hora. Era como si la tierra se hubiese tragado a todos los habitantes y me hubiera dejado a mí para que contemplase tan triste, aunque relajante espectáculo. Solamente percibía un aroma de muerte y un alegre trinar de pájaros concentrados en el solitario árbol de la plaza. Pensé si ellos serían conscientes de lo que en esa ciudad estaba aconteciendo. Seguramente ignoraban el triste final que les deparaba la vida, porque de lo contrario, sus cantos se hubieran tornado tristes y amargos.

Un gato negro cruzó por la gran plaza. No recuerdo de dónde salió. Se detuvo ante mí, mirándome con curiosidad. Creí ver en su mirada un cierto interrogante. Tal vez se sintiera molesto conmigo por haberle usurpado el único asiento que en aquel lugar había, o tal vez pensase, si es que los gatos piensan, que yo todavía ignoraba la catástrofe que se avecinaba y que por eso permanecía sentado tan tranquilo. Fuese lo que fuese, no tardó mucho en su interrogatorio, pues al cabo de unos segundos, que a mí se me antojaron eternos, se lanzó en una carrera maratoniana hasta el callejón
más estrecho de la plaza. Antes de internarse en él, se dio la vuelta y me miró, expectante, como si quisiese advertirme de lo que se avecinaba, como invitándome a que le siguiese.
Durante mucho tiempo mantuve mi mente ocupada, reflexionando sobre si los seres humanos tenemos los sentidos suficientemente despiertos como para poder captar las sensaciones de los animales. Un gorrión se acercó hacia mí. Tímidamente. Saltito a saltito. Cuando no estaba a más de un metro de mí, me dirigió una mirada inquisitiva y acto seguido alzó el vuelo hasta perderse en el cielo azul. Sí, estaba convencido de que el gorrión, así como el gato, querían advertirme, querían que me fuese de aquel lugar, lo que no sabían es que yo aguardaba a la muerte pacientemente, sin miedo. El resto de los pajarillos, que cantaban felices en el árbol, cambiaron la melodía que entonaban, refugiándose en su canto del miedo que tenían. O tal vez no,tal vez ellos fuesen más valientes que nosotros y lo que hacían con sus cantos era desafiar a la muerte.

De una cosa sí estaba seguro: no tenía ningún deseo de abandonar aquel lugar, ni de buscar un refugio como había hecho el resto de la población. Solo quería saborear los últimos momentos de mi existencia en el lugar que más recuerdos me traía: algunos dulces y alegres, otros amargos. Aceptaba mi destino, aunque lo condenaba desde lo más profundo de mi corazón. Era consciente de que mi pensamiento seguía libre, así como mi voluntad… Y mi voluntad era, precisamente, la de permanecer en la gran plaza, escuchando el trino de los pájaros, respirando la paz que mi corazón seguía guardando para mí, y esperando llevármela conmigo cuando llegase el ocaso. Paz. Eso que tanto me había costado conseguir.

Me levanté del asiento y me dirigí sigiloso hasta el solitario árbol de la plaza. Temía que los pajarillos, al verme, alzasen el vuelo. Pero no fue así. Ante mi presencia, detuvieron momentáneamente sus cantos, tal vez en espera de que les hablase sobre cualquier cosa. Ellos estaban ahí, únicos habitantes de la gran plaza, aguardando conmigo, sin huir de su destino. Deseé transmitirles mi paz, pero creo que ellos ya la poseían. Presentí que poco podía enseñarles de la vida, porque ellos estaban llenos de vida.Empecé a cantar una melodía, al principio bajo aunque cada vez más alto, desafiando a la muerte. Súbitamente, un coro procedente del árbol resonó en mis oídos, acompañando mi canción, llenándome de una jubilosa alegría.

Estábamos preparados para el momento final.

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